EL GAUCHO MARTÍN FIERRO | LA CHINA IRON
Fundar desde el margen: Martín Fierro, China Iron y la nación que falta
Escribe Camila García Hernández
El gaucho Martín Fierro, publicado por José Hernández en 1872, no solo
inauguró una tradición literaria, sino que fijó los términos desde los cuales
una comunidad empezó a narrarse a sí misma. Su lugar como piedra angular de la
literatura argentina ha sido ampliamente discutido pero menos interrogado desde
una pregunta incómoda: ¿qué tipo de nación funda y a quiénes deja afuera ese
gesto fundacional?
El poema de Hernández irrumpe en el siglo XIX como una anomalía.
Mientras buena parte de la literatura del período acompaña y legitima el
proyecto liberal de organización nacional desde la mirada urbana, ilustrada y
europeizante, Martín Fierro toma la palabra desde una figura expulsada
de ese proyecto: el gaucho. Reclutado a la fuerza, arrancado de su familia,
convertido en desertor y luego en delincuente, Fierro no encarna la barbarie a
civilizar, sino el resto incómodo que el Estado produce y luego persigue. En
ese desplazamiento, el poema propone una idea de nación alternativa: una
identidad que no nace del centro, sino del margen.
En este sentido, Martín Fierro puede leerse como una de las
grandes «literaturas fundacionales» latinoamericanas, en los términos
planteados por Doris Sommer, aunque con una torsión decisiva. La nación que se
imagina aquí no se articula a partir del consenso romántico ni del orden institucional,
sino desde la denuncia de una violencia estructural. El Estado aparece como una
máquina de desposesión: disciplina cuerpos, rompe vínculos, produce ilegalidad.
La épica nacional no es la del progreso, es la de la supervivencia.
Esa potencia política se construye también en el plano del lenguaje.
Hernández recupera la oralidad rural, el canto, los giros populares, y los
inscribe en el corazón de la cultura letrada. La lengua gaucha no funciona solo
como color local o recurso estilístico, sino como acto de legitimación
simbólica. Al hacer del habla marginal un vehículo de reflexión ética y
política, el poema desafía la jerarquía lingüística que sostenía el proyecto
civilizatorio. La nación, parece decir Martín Fierro, no puede fundarse
sin esa voz.
Sin embargo, ese gesto fundacional tiene un punto ciego difícil de
ignorar. Si el poema eleva al gaucho como sujeto legítimo de la nación, lo hace
al precio de borrar casi por completo a la mujer. Las figuras femeninas
aparecen apenas como restos: esposas abandonadas, madres sufrientes, cuerpos
vulnerables en un mundo regido por la violencia masculina. No hablan, no
deciden, no narran. Están ahí para perderlo todo.
Esta ausencia no es un detalle menor. Martín Fierro imagina una
comunidad nacional desde el margen y esa comunidad sigue siendo profundamente
masculina. Como señala Jorge Mafud, la mujer en el universo gauchesco «no tiene
posibilidad en un mundo en el que el hombre apenas resiste». La nación
alternativa que propone Hernández, aunque es crítica del orden liberal,
reproduce una exclusión estructural: no hay lugar para una subjetividad
femenina autónoma.
Esa fisura es la que retoma y explora Gabriela Cabezón Cámara en Las
aventuras de la China Iron. La novela no se limita a dialogar con el texto
de Hernández: lo desarma. La «china» sin nombre del poema original se convierte
aquí en Josefina, una narradora que toma la palabra, el cuerpo y el deseo. El
viaje por la pampa ya no es una deriva hacia la marginalidad, sino una
experiencia de emancipación política, sexual y lingüística.
En la reescritura de Cabezón Cámara, el territorio cambia de signo. La
pampa deja de ser el escenario de la violencia estatal y masculina para
volverse un espacio de experimentación afectiva y comunitaria. La frontera ya
no es solo el lugar del castigo, sino también el de la posibilidad. Incluso la
lengua se transforma: al registro gauchesco se le superponen el inglés, la
invención poética, el exceso lírico. La nación deja de ser una identidad
cerrada para volverse una pregunta abierta.
Como señala Carlos Gamerro, China Iron le da a la mujer de
Fierro lo que el poema le había negado: nombre, voz y deseo. Pero el gesto va
más allá. Al introducir el lesbianismo, el mestizaje cultural y la extranjería
como núcleos del relato, la novela desplaza el eje mismo de lo nacional. Ya no
se trata de integrar al excluido al centro, sino de imaginar una comunidad que
no necesita un centro único.
Leídas en tensión, El gaucho Martín Fierro y Las aventuras de
la China Iron revelan que toda literatura fundacional es, en el fondo, un
campo de disputa. Hernández inscribió al gaucho —antes criminalizado— en el
relato nacional. Cabezón Cámara hace lo mismo con otras figuras históricamente
silenciadas: la mujer, la disidencia, el extranjero. Ambas obras entienden que
fundar una nación no es solo narrar el pasado, sino intervenir en el horizonte
de lo posible.
Tal vez por eso Martín Fierro sigue siendo un texto vivo: no
porque ofrezca respuestas cerradas, sino porque sigue habilitando relecturas
que lo cuestionan desde abajo, desde los márgenes, desde esa alcantarilla desde
la cual también se puede —y se debe— mirar la cultura.
Referencias bibliográficas
● Cabezón Cámara, G. (2017). Las
aventuras de la China Iron. Random House.
● Gamerro, C. (6 de diciembre de 2022).
150 años del Martín Fierro: del poema que fundó la literatura nacional a sus
sucesivas «perversiones». Clarín.
● Hernández, J. (1872). El gaucho
Martín Fierro. Imprenta de la Pampa en Buenos Aires.
● Mafud, J. (1961). Contenido social
del Martín Fierro: Análisis e interpretación. AMERICALEE.
● Sommer, D. (1991). Foundational
Fictions: The National Romances of Latin America. University of California
Press.
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