MELANCOLÍA DE LA RESISTENCIA
Escribe Lucio Vellucci
Entre el absurdo de lo onírico y el realismo clásico, Melancolía de la resistencia, de László Krasznahorkai, condensa mucho más que la tragedia sufrida en un pueblo ante la llegada de un misterioso circo que se instala en la plaza central. Es una obra que aspira a la totalidad, pero a partir de la premisa de la imposibilidad misma de su pretensión.
Valuska es un joven cartero que frecuenta una taberna en donde los borrachos le piden, antes de que el lugar cierre sus puertas y tengan que salir al frío de la calle, que cuente una vez más la misma historia de siempre. Entonces, distribuye los cuerpos ebrios que prestan su colaboración para hacer de Sol, Luna y planeta Tierra, y narra la historia de los movimientos de rotación y traslación, hasta que, de pronto, algo terrible sucede, incomprensible: todo empieza a oscurecerse en el planeta tabernario, una sombra lenta y voraz arrasa el espacio y lo que se eclipsa es la idea de un orden, de un sentido, de una imagen preestablecida que requiere de la luz constante, y el terror asoma en las caras que aceptan el juego pero en el que intuyen una terrible verdad. De a poco, con los desplazamientos de los cuerpos, una hendidura de fuego se asoma y luego se expande para restituir las certezas, evacuando la breve angustia ante la eternidad de una noche.
La propuesta poética de László Krasznahorkai nos pide a los lectores mirar los hechos con la misma inocencia con que Valuska se asombra ante todo lo que ocurre, algo así como una confianza en la veracidad de la metáfora, única posibilidad de tocar la realidad. Valuska, a su vez, es el traficante de una trama compleja, heredera de una tradición literaria que no aspira a un gran público; seguimos los hechos a través de un mensajero, ese es, al fin y al cabo, su oficio, y los sucesos de la novela son transportados, diríamos, en su bolso, como las cartas o los periódicos que lleva a los domicilios: en tal caso, como en cuanto al contenido de esos mensajes, Valuska sólo porta la información, es el vehículo, sin nunca abrir los sobres para leer y descifrar lo que sucede.
En definitiva, es precisamente por ser el único que parece no poder interpretar correctamente los hechos, quien mejor comprende, en última instancia, la gravedad de la situación. La clave, entonces, no está en el contenido inscrito en el mensaje, sino en el modo en que circulan, sin detenerse, como la Tierra alrededor del Sol, como la Luna alrededor de la Tierra. Valuska es un extraño en su propia tierra, expulsado de la casa materna, condenado a la errancia, desterrado de su tiempo, excluido de un sentido común. Es un idiota, en el sentido que G. Deleuze le otorga a la figura; el vector de fuga, ingenuo, rebelde.
El circo está ahí, en medio de la plaza. Una ballena enorme, nunca antes vista, es la promesa que ejerce una fuerza centrípeta y cuya expectativa logra acercar a cientos de personas que, a pesar del frío, están decididos a quedarse: “se trataba de un circo misterioso y de un público tenaz, reconoció Valuska, pero el misterio (pensó de pronto viendo las cosas con claridad) tal vez tuviera un sentido muy sencillo y asombrosamente transparente”.
Valuska se identifica con la multitud que espera, que se ilusiona, que soporta el frío alrededor de los fogones. Sin embargo, fluye, rota y se traslada, su destino es de fuga. Nómade perpetuo en la ciudad que lo fagocita. Valuska no pude permanecer sedentario, está condenado, digámoslo así, a ir a ver qué pasa, es decir, a buscar la información para transportarla a su destinatario. Entonces atraviesa los umbrales de lo prohibido, se entera de una verdad, se horroriza ante lo que escucha escondido dentro del camión del circo, y sale: la información no es suya, debe circular.
Una fuerza poderosa ejerce influencia en el pueblo, manipulado por la oscuridad que se encierra en la ilusión, en alguna clase de esperanza o violenta resignación. Están ahí, a la espera. Valuska sabe que el eclipse está por acontecer y la oscuridad gobernará las calles, y el caos se desparramará con una furia desatada, como si un deseo de venganza contenido por la luz del sol y el reflejo de la luna, se desbordara hasta el desequilibrio absoluto de la moralidad para la garantía de una orden.
La “comisión de limpieza”, una organización de ciudadanos comprometidos con el orden, con la defensa de la ciudad frente a las influencias foráneas, “afirmaba que la ballena no desempeñaba papel alguno y, a continuación, que la ballena era la causa de todo”. Deciden tomar el control, puesto que el comisario, borracho y sin posibilidad de ejercer dignamente sus funciones, ni siquiera puede volver a su propia casa a hacerse cargo de sus hijos. En una escena cargada de realismo dostoievskiano, Valuska, enviado por la comisión, hace el mandado, digamos, de ir hasta la casa del comisario a “acostar a sus hijos” de seis y ocho años cada uno, quienes lo reciben apuntándolo con una pistola. Nuevamente, es el portador de una misión, quien se lleva el relato tras de sí para que el autor pueda describirnos otras facetas de la miseria.
Melancolía de resistencia no tiene una única lectura posible. Como las grandes obras de la literatura, su verdad está en la misma obra, y no podrá decirse de ella nada que no esté en ella misma. Por otra parte, la mirada de un lector es una tentativa de revincularse con la novela, de continuar dialogando con ella sin, por supuesto, la pretensión de una interpretación unívoca de la misma. Mucho menos podría avanzarse por el terreno explicativo, cuando una sola reflexión de los personajes vale más que cualquier esfuerzo deductivo: El señor Ezster habla por sí mismo, ese músico que ha decidido encerrarse, harto del mundo, cuyo único amigo es Valuska, el único en quien confía, cuando dice “No es de extrañar que la humanidad, mareada desde hace tantos milenios en esta Tierra que no cesa de girar, no encuentre la manera de hallarse a sí misma, pues lleva todo el tiempo ocupada en mantenerse en pie”.
La novela de László Krasznahorkai es, sin dudas, un gran poema sobre la resistencia. No contra un régimen en particular, sino contra las diversas formas de lo inhumano. En el eclipse de la pregunta por el sentido, deberemos recuperar la mirada sensible de Valuska para volver a contar la historia. La humanidad se juega el destino en el único planeta habitable, al menos hasta ahora, y expande su laberinto más allá, mensajera de sus conocimientos en un rincón del universo. Quizá logre resistir, y todavía quede un resabio de la ingenuidad necesaria para el asombro.


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