44° FESTIVAL CINEMATOGRÁFICO INTERNACIONAL DEL URUGUAY

Escribe Lucio Vellucci

I

Montevideo. Noche lluviosa y fresca. Sábado, feriado. Poca gente en las calles. Hacemos tiempo entre película y película. Caminamos un poco, nos alejamos de la Cinemateca Uruguaya. Una librería, grande: Feltrinelli. Nos acercamos a la vidriera, luminosa. Ella entra, yo quedo afuera, solo, viendo los libros detrás del vidrio. No anda nadie, mucho viento. Alguien me llama. Me doy vuelta, el hombre viene. Dice disculpame. Tiene una frazada en los hombros, le cubre la espalda; un bolso en una mano, en la otra un cuaderno. Se sigue acercando. Disculpame, no quiero molestarte. Yo me doy vuelta para verlo, y no digo nada. El hombre sigue viniendo, y yo sigo viéndolo. Tiene la cara curtida por el cansancio, el tiempo, la calle, la indiferencia. Termina de venir, y yo pienso en silencio cuál será su estrategia. Dice gracias por mirarme.

Muestra el cuaderno, un libro contable con páginas en blanco. Yo escribo lo primero que se me ocurre, dice, cuando veo alguien, lo primero que me sale. Yo lo desafío, digo, dale, a ver. Me mira, observa el mate que tengo en las manos, escribe con una letra grande palabras que tendrá que leerme, no porque el idioma dificulte su comprensión, sino por el trazo apurado que tiene hambre y apuro por encontrar un refugio para pasar la noche. Dice la gente discrimina mucho, viste, porque te ven y… estoy tratando de juntar para pagarme una pensión, para pasar la noche. Yo trato de calcular una propina en pesos uruguayos, hago una rápida conversión mental para ser justo, pienso cuánto es no muy poco y no muy mucho. Me da la hoja y dice, gracias. Está tan cerca que siento su olor, le devuelvo la hoja. Pero me lo tenés que firmar, digo. Tenés razón, dice, cómo te llamás. Escribe la dedicatoria, dibuja su nombre y el mío, traza en el papel el lazo de su identidad y la mía. Es alguien. Soy alguien. Doblo el papel y lo guardo en el bolsillo. Me dice gracias por guardarlo. Le digo suerte, Agustín. Gracias, Lucio. Al rato volvemos a la Cinemateca, casi corriendo, porque está a punto de empezar la función de la siguiente película. Agitados, apurados, logramos sentarnos en nuestras butacas. En la pantalla apenas comienzan los avisos publicitarios.



II

Esta vez cruzamos el río para vivir la experiencia en la Cinemateca Uruguaya. Atravesamos la frontera de algo así como la ilusión de dos países distintos, porque una serie de acontecimientos históricos dieron como resultado una división, que figura en los papeles, y de la que el río parece no haberse enterado. Que ahora tuviéramos que bajar del colectivo, a mitad del viaje, para el breve tramiterío que nos desvela en la madrugada, es parte de esa rareza de una burocracia que en vano se esfuerza por inculcarnos una sensación inmigratoria que no vamos a poder incorporar. Por culpa de los amigos que nos brindan su hospitalidad, de la labor comprometida de la organización del Festival que valoró nuestro trabajo en Miradas, de la calidad artística y humana apreciada dentro y fuera de la Cinemateca, por esto, es que no pudimos dejar de sentirnos como en casa.


Y soy injusto, porque en casa no tenemos, ahora, por segundo año consecutivo, la posibilidad de acceder a las funciones del BAFICI sin cargo, deducimos que tal vez por eso de los ajustes o, en verdad, por el desprecio que tienen los funcionarios mediocres por cualquier actividad cultural que se esfuerce en elaborar un pensamiento crítico que busque darle más visibilidad a obras y autores que consideramos, humildemente, meritorios de mayor o mejor reconocimiento. No podemos acceder por nuestros propios medios a la amplia oferta que ofrece el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, cuyos responsables se pueden ir bien a la sustancia blanda y tibia defecada por el más hediondo de los mamíferos.

Pero volvamos a Montevideo. Sobre la rambla analizamos las posibilidades de ver la mayor cantidad de películas posibles por día. El ambiente de la Cinemateca es muy cálido, sentimos esa cosa familiar de la cinefilia. Yo espío una conversación, quiero oír qué dicen, qué opinan, cómo hablan, quiero enterarme de algunos detalles, qué piensan. Unos toman café parados, otros sentados en las mesitas de afuera. Adentro, alguien estudia el programa y marca con una birome las opciones. Ahí está Martín Peña, lo miramos de reojo, nos dan ganas de ir a decirle algo, no sé, decirle una banalidad, que lo respetamos, que admiramos su locura, que si podemos ir a la guerra con él. Después buscamos las credenciales, ese plástico que no es nada pero es un amuleto, otra banalidad, algo que nos dice que nuestro esfuerzo vale la pena, que el laburo ad honorem al menos alcanza para que haya alguien que valore todo lo que le ponemos a Miradas. Entre paréntesis, pienso, ¿Para qué sirve la crítica cultural en el mundo de los influencers? ¿Por qué seguir escribiendo, en un mundo en donde la tendencia es delegar el trabajo de escritura al algoritmo? ¿Por qué insistir, entonces, en este género literario en extinción? ¿Tiene algún valor esto, digo, esto de ir a mirar, y escribir nuestras miradas? ¿A alguien le sirve, como a Agustín, que sigamos mirando?

 

III

Sigamos en la Cinemateca, por las dudas de que las respuestas quieran desalentar el impulso de escritura. Terminamos de ver Pin the fartie, una propuesta argento becketiana de Alejo Moguillansky.

Salimos a despejarnos después de dos películas al hilo, mover el cuerpo, estirar las patas, andar, mirar Montevideo, la noche lluviosa y fresca de un sábado que no es cualquiera, sino el día anterior a otra resurrección de Cristo. Merodeamos el Teatro Solís, a punto de una función agotada, aunque igual no pensábamos asistir, no por gusto o interés, le explico a la muchacha que nos orienta un poco, sino porque estamos ahí por el 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. Ah, no son de acá, de dónde son. De Argentina, digo y esos son los indicios que nos recuerdan que somos extranjeros. El deíctico quiere una separación que fracasa: acá, es allá.

Seguimos caminando, entonces, discutiendo la película, ironizando sobre el hecho de que salimos del país para terminar viendo películas argentinas. Pero no es lo mismo, el contexto modifica nuestro modo de ver; la mirada del público nos devuelve una imagen de nosotros mismos de la que no éramos del todo conscientes, o al menos no de esa forma. Al finalizar las proyecciones, durante el debate y el intercambio con actores, directores o productores, el público ofrece una mirada, que no deja de sorprendernos. Por una parte, tenemos tan arraigadas las consecuencias del momento político y social que atraviesa nuestro país que ya tenemos naturalizados algunos tópicos. Algunas películas los trabajan con mucha inteligencia y sensibilidad poética, sin subestimar al público; otras, más bien intentan un humor desatinado, que no deja de despertar un poco de gracia en el público, pero que termina empobreciendo la propuesta estética de una obra que peca de ambiciosa, ansiosa por conquistar el humor de los espectadores introduciendo consignas torpes, innecesarias por demasiado explícitas. Por supuesto, no es estilo de nuestras miradas apuntar sobre las obras que no han estado a la altura de nuestra expectativa, y esta crónica no va a ser la excepción, por lo que omitiremos nombrar el título de una película que no llegó a conmover el lugar del cuerpo donde decidimos que una película es buena o mala.

Foto publicada originalmente en festival.cinemateca.org.uy
Foto publicada originalmente en festival.cinemateca.org.uy

Por otra parte, el público uruguayo, tuvimos la sensación, mira con cierta lástima el sufrimiento de un pueblo que son ellos mismos, pero del otro lado del río. Hay cierta piedad, cierta conmiseración, también algo de preocupación por el hecho de que la barbarie pueda aprender a cruzar esa frontera que ninguna burocracia podría detener. Amerita unas palabras el compromiso del público, carente de ese alguito de arrogancia porteña, la familia de espectadores de la Cinemateca Uruguaya de la que por un rato nos imaginamos formar parte.

Y así, caminando y discutiendo, nos dijimos que podemos hacer tiempo hasta la siguiente película mirando libros, en esa librería de ahí. Y nos acercamos. Ella entra, yo me quedo mirando, afuera, la vidriera. Al rato entro a la librería, le cuento a ella lo que acaba de pasar, le muestro las palabras de Agustín en el papel. Vuelvo a doblarlo y lo meto en el bolsillo. Está por empezar la siguiente película. Se nos hace tarde. Hay que ir rápido, seis cuadras en cinco minutos, viento en contra. Mucho viento. Tanto viento que, si se nos cayera un papel, habría que ir a buscarlo muy lejos, al medio del río.

 

IV

Mostramos las entradas en los celulares. Ingresamos a la sala, nos ubicamos en las butacas, nos sacamos los abrigos, la mochila, guardamos el termo y el mate. Busco el papel en los bolsillos de la campera, no está. Busco en los bolsillos del pantalón, tampoco. Abro la mochila y, a la luz de las publicidades que bombardean la pantalla, reviso todos los rincones, y el papel no está. No está, digo, lo perdí. No puede ser, tiene que estar, dice ella, como diciendo no podés tener tanta mala leche o no podés ser tan boludo. Sigo buscando, otra vez en los mismos lugares, pero ya sé que el papel no está. No era un papel importante, pero tenía un valor para mí. Tenía que ver con mi experiencia durante todo el Festival, con nuestra experiencia. La película está por empezar y la angustia es terrible. Trato de convencerme con que era una pavada, por algo pasan las cosas, no era para tanto.

Empieza My father’s shadow, la película dirigida por Akinola Davies Jr. Que cuenta la historia de la relación de un padre con sus hijos, mientras viajan a Lagos, en medio de la violencia política de la dictadura, el abuso laboral y la crisis económica. Una obra que incluye material documental de la época, estamos en 1993, en Nigeria. Sin embargo, al terminar la obra recuerdo enseguida el papel perdido. Por las dudas, digo, volvamos por las mismas cuadras. Salimos de la cinemateca, cansados de un día intenso de cinefilia, con el agotamiento de quien quita horas al sueño para aprovechar al máximo los días.

Afuera, el viento es arrollador. Comentamos la película más para no pensar en el papel que por contar con energías para un debate serio sobre la obra. Caminamos una, dos, tres cuadras, es inútil, lo mejor es ir a tomar el colectivo. Pero seguimos una cuadra más. A unos metros, un papel doblado va y viene en la vereda, movido por el viento que lo arrastra hacia el cordón, lo hace girar, lo levanta y lo golpea contra la pared. Es ese, digo. Me agacho y lo levanto. Lo desdoblo y parece de película. Eran las palabras de Agustín. Si escribo esta historia, digo, no me lo van a creer. No sé cómo se cuenta esta anécdota, si tiene algún valor. Lo importante es que el papel estaba ahí, sólo había que volver a mirar. Sigamos insistiendo, entonces. Alguien espera nuestras miradas: Agustín; un papel en el piso; vos, que llegaste hasta acá; alguien en la Cinemateca Uruguaya que valoró nuestro esfuerzo; nosotros mismos.



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