EL TREN FLUVIAL
Escribe Rocío Vélez
Pienso en los artistas. Pienso en
los viajes. Pienso en los artistas y los viajes.
En los viajes que hacen los
artistas. En los artistas que hacen los viajes.
Pienso en el camino.
En los artistas, los viajes, los
caminos.
Pienso en ¿Qué es un viaje? ¿Qué
es un artista? ¿Qué es un camino?
Históricamente la ciudad de Buenos
Aires funcionó como una especie de pasaje obligatorio para quienes han querido
legitimarse en ciertos circuitos culturales. Desde el interior del país, el
viaje hacia la capital se ha vuelto un recorrido obligatorio. Alejarse de la
propia tierra para plantarse músico, escritor o pintor en otro lado. Un
territorio ajeno, recubierto por la posibilidad de nombrar, de volver visible,
de otorgar una existencia pública.
Pienso en Mercedes Sosa, en
Emilia Bertolé, en Antonio Berni, en esos desplazamientos desde Tucumán o
Rosario hacia Buenos Aires. Un movimiento que no es del todo elección, o que al
menos está condicionado: porque es allí donde se concentran los medios de
difusión, las instituciones formadoras, las tramas de sociabilidad artística en
cafés y bares, los grandes escenarios. Sin embargo, no se trata solamente de
viajar, hay que entrar en una red, insistir hasta volverse legible dentro del
sistema, para finalmente, adquirir —o disputar— un capital simbólico que no
circula de manera homogénea en el territorio.
Pienso en Alejandra Pizarnik, en
Julio Cortázar, en Astor Piazzolla, que desplazaron aún más ese eje y se
trasladaron hacia otro centro de legitimación cultural: París. Como si el
recorrido exigiera una segunda instancia, un corrimiento adicional, una nueva
lengua, otra escena. Pero también porque hubo una época en la que París
funcionó como una especie de meca cultural, un polo de atracción donde, además
de aprender, el sujeto devenía artista casi a partir del hecho de estar.
Pero, también pienso en otro tipo
de traslado, menos cartografiable: el interno. ¿Cuántos territorios recorre
dentro de sí el artista en su búsqueda infinita?
Pienso en los viajes de los
espectadores, desde Miradas, normalmente recorremos unos 90 km hasta la
ciudad de Buenos Aires, para acceder a cine, teatro o ciclos de poesía y ferias
de libros. Un trayecto que implica una realidad: debemos asumir que la
experiencia estética todavía se encuentra, de algún modo, concentrada en
ciertos núcleos.
Ahora, nos trasladamos 500 km, para ver nuestro cine y el cine del mundo en el 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay.
Pienso en Milo (Milo Barría), el
protagonista de la primera película que vimos en la Cinemateca, El tren
fluvial, dirigida por Lucas Vignale y Lorenzo Ferro. Un bailarín de malambo de nueve años que desea viajar a la ciudad
de Buenos Aires, realizar el “viaje del artista”. Aunque quizás, el deseo que
prima es el de todo niño: la aventura.
Milo, entonces, a partir de una
travesura, logra comenzar su recorrido. Toma el tren y contempla, siempre va a
estar contemplando: el paisaje, los animales, los comportamientos humanos, la
vida.
Sostener la mirada implica
habitar el tiempo de otra manera, permitir que las cosas ocurran sin ser
inmediatamente capturadas por una finalidad. La infancia permite este modo de
estar. El tiempo se abre, se vuelve más ancho, más disponible. No hay urgencia
por analizar lo que se observa, por darle inmediatamente un sentido. Mirar
puede ser suficiente.
Por otro lado, el largometraje está
atravesado por destellos del realismo mágico. Hay una decisión clara en cómo se
organiza esto. La puesta no corrige, no explica, no ata cabos sueltos ni ordena
lo que pasa para que encaje en una lógica reconocible. Las cosas suceden y la
película las intenta sostener así, sin necesidad de justificarlas. Como
espectador, uno entra en ese mundo, se permite dejarse llevar. Este mundo va
creando su propio verosímil y uno nunca llega a empezar a preguntarse cómo se
sostiene lo que estamos viendo. Nadie piensa cómo Milo paga un hotel, cómo
viaja, cómo hace para estar donde está.
Recorremos Buenos Aires con el
pequeño protagonista, casi a partir de sus ojos. Y en ese recorrido, la ciudad
empieza a correrse de lugar. Ya no es únicamente ese centro al que se llega
para consagrarse, sino un espacio que se atraviesa, que se experimenta, pero que
también expulsa. Porque la película no idealiza ese destino. Hay hostilidad.
Incluso entre niños aparece la competencia, la envidia, cierta violencia que desarticula
cualquier idea romántica del viaje que Milo podría haber visto por televisión.
En ese clima aparece una de las
escenas más potentes. El pequeño aventurero, en medio de un juego, de una
deriva que parece no conducir a nada, termina disfrazado con una máscara de
lucha y un vestido. Y ahí baila. Baila malambo con una precisión y una
intensidad impresionante.
Finalmente, Milo no va a realizarse como artista en este viaje. No habrá consagración, no habrá una escena final que confirme ese recorrido esperado. Después de distintas peripecias, volverá a su casa. Sin embargo, el regreso no se siente como un cierre ni como un fracaso. Algo del deseo primordial sigue ahí, intacto, apenas desplazado. Como si la película se negara a clausurar ese impulso en términos de éxito o derrota. Quizás, no era el momento. Quizás, esta vez no haga falta irse de la propia tierra para ser.
Largometraje visado en el marco del 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay.




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