LA NOCHE ESTÁ MARCHÁNDOSE YA
Escribe Lucio Vellucci
Cuando termine la proyección
de La noche está marchándose ya, en el marco del 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, vendrá un espacio de intercambio
entre el protagonista y uno de los productores con el público. Los espectadores
pedirán el micrófono, pero no tendrán nada que preguntar, sólo expresarán variantes
emotivas de agradecimiento, serán unánimes en el juicio, felicitarán una y otra
vez el proyecto que les rinde homenaje a ellos mismos. Sin embargo, después de 104
minutos, el público habrá convivido frente a una obra que es mucho más que el
reflejo de su pasión por el arte cinematográfico.
Una gran obra tiene la característica
de contar, al mismo tiempo, muchas historias. Cualquier intento por definir el
hilo argumental de La noche está
marchándose ya dejaría afuera las tramas que no podríamos llamar
secundarias, en tanto que componen la estructura de una realidad que se
desborda a sí misma, que no podría delimitarse al conflicto de un
proyeccionista devenido empleado de seguridad de la misma cinemateca municipal
en la que trabaja. Debido a la falta de presupuesto (recortes, ajustes,
desfinanciamiento, cualquier nombre que se le quiera poner a la excusa con que
intenta justificarse el desprecio por el arte y los trabajadores de la cultura),
de los dos proyeccionistas, debe quedar sólo uno.
La película es una apertura de
la cinefilia al mundo que está más allá de la sala, a la realidad de la que
forma parte. Una obra abierta al mundo no trabaja con estereotipos, no se sirve
de lugares comunes para reproducir los signos de un imaginario colectivo; más
bien, apela a la indocilidad de sus espectadores, no lo subestima ni lo castiga
con otro guion políticamente correcto pero incapaz de tocar las fibras de una
sensibilidad exigente.
Cualquier amante del cine
quisiera ser Pelu, atravesar la desgracia de la explotación particular a la que
se ve sometido. Tiene, durante todas las noches, el cine para él solo, cervezas
y sánguches de miga que saca de la heladera y nunca paga. Su salario es muy
bajo, es cierto, pero la trama invita a fantasear con esa posibilidad. Tiene la
biblioteca de la cinemateca a su disposición durante toda la madrugada, puede
incluso mudarse a un rincón para ahorrarse el alquiler, vivir a escondidas
dentro de la cinemateca donde tira un colchón y sus pertenencias.
Sin embargo, la película
dirigida por Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini viene a cuestionar aquella
promesa de felicidad individualista. A saber: Pelu está solo en la sala de cine,
mirando la película que elige; toda la proyección es para él. Pero pareciera
que hay algo que falta, hay ausencias que producen una atmósfera triste,
incómoda, frustrante. El cine es una experiencia compartida. La sala debe
abrirse a la hospitalidad de otros igual de humillados y ofendidos, de otros
hombres desamparados en busca de un hogar.
José trabaja limpiando vidrios
de autos, duerme en la calle y la policía lo acaba de sacar. Pelu le hace un
lugar en la sala. Después, el público de las madrugadas se ampliará con la
llegada de otros explotados, invisibilizados por las estadísticas, los nadies
de la vía pública. En La noche está
marchándose ya el cine mira los rostros de ese público que encuentra, en la
cinemateca, primero un techo para pasar la noche, y después, un refugio.
Esta película no se limita a
mostrar un “telón de fondo” de miseria y pobreza mientras se desarrolla la
trama; es decir, la indigencia no es un “contexto”, la otredad no
es parte del paisaje de la ciudad. José tiene una historia, no es simplemente
“un indigente”, tiene un rostro, una identidad, es alguien. La obra,
protagonizada por Octavio Bertone, logra mostrar una subjetividad particular
detrás de ese ser comúnmente estigmatizado. José es limpiavidrios, es cierto,
pero no se reduce sólo a eso. Entre otros aspectos, por ejemplo, es un
espectador de obras cinematográficas clásicas, porque parafraseándolo, no se
quedaban en la cinemateca, a la noche, porque no tuvieran dónde ir. No se trata
de “indigentes”, son personas concretas con nombre propio, que sueñan, se
enamoran, cantan y, a pesar de todo, sonríen; como Maxi, quien declara su amor
a través de un audio por WhatsApp, para dejar una escena de ternura memorable.
Es una película politizada y
politizante. Y lo es porque no se dedica a cuestionar obscenamente lo obvio,
explicitando un mensaje progre panfletario. La
noche está marchándose ya es un caso de politización del arte en tanto que
propone una mirada alternativa, realista en el punto en que no cuenta desde el
padecimiento sino, sin negarlo, desde la alegría que emerge en comunidad. Al
mismo tiempo, lo es porque introduce un interrogante sobre una ética de la
subsistencia.
¿Cuáles son los límites que
nos ponemos, en la creciente precariedad a la que estamos sometidos, para
conservar algo así como una zona de íntima dignidad? Vale vende contenido sexual
en redes y no sólo es una preocupación por las formas de prostitución y sus
réditos económicos. Ella, de algún modo, es parte del mundo del cine, con sus
dispositivos de filmación produce el éxito del espectáculo que consumen miles
de seguidores en sus pantallas. Esta realidad contrasta con la que enfrenta la
cinemateca. Ahí la tensión entre un producto audiovisual que, paradójicamente,
fetichiza la sala de cine como escenario para el despliegue de una pornografía
consumida por individuos anónimos y reducidos a la soledad más perversa; por
otro lado, vemos la amistad y el encuentro de hombres que cantan alrededor de
un fogón o estallan de risa en la sala con una película de Ozu actualizada en
una gracia compartida.
La sala de cine es el hogar en donde quieren curarse las heridas de una crueldad que busca atomizar en la angurria para hacer, de cada posible espectador, de cada potencial amante de este y todas las artes, un usurero de la propia miseria, acaso un proxeneta de sus sueños, un aspirante a la resignación y la pobreza. La noche está marchándose ya es una muestra del gesto emancipador que puede el trabajo colectivo, la certeza de que la verdad de una comunidad decidida puede lograr la belleza de conmovernos desde la alegría, incluso en medio del maltrato, el imperio de la codicia y las políticas del desprecio. Y el público, en definitiva, agradece: andábamos necesitando esta película.
Largometraje visado en el marco del 44° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay.




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