HOJA SECA
El viaje como distancia y hogar
Un somero acercamiento a Hoja
seca, el último largometraje de Alexandre Koberidze
A esta altura del otoño, en una de las
temporadas más inestables que recuerde, y eso que llevo varias en la memoria, y
otras tantas en el cuerpo, me queda la sensación de haber compartido un cálido
viaje en doble sentido. El de recibir a queridos amigos venidos de una hermosa
ciudad que tuve oportunidad de conocer hace dos años (a la que, por cierto, le
debo una estadía más demorada), y el de internarnos en las profundidades del
FCIU de Cinemateca, que cumplió este año 44 ediciones ininterrumpidas –para Montevideo,
una ciudad de casas con patio[1],
como me gusta pensarla–: un viaje donde los haya.
Pero quizá también hubo un tercero, el
de la itinerancia fuera del roaming, para internarse en un Kusamakura[2]
digamos, ligero de equipaje y cargado de estímulos que invitan al deambular
meditativo. Capaz por eso, pienso, no sé, a este parroquiano de dos orillas, le
haya dado por ponerse de cronista improvisado, a otear por entre esos lugares
un poco neblinosos, tangibles en la reminiscencia, corpóreos en el teclado y
visibles en la tinta digital. Y como nunca está todo dicho, porque entre otras
cosas, es muy probable que todo eso que creemos saber, o conocer; o bien se va
creando a medida que se dice (o escribe, o siente); o bien se intuye o
vislumbra sin que nunca terminen por definirse. Tampoco es que tenga la menor intención
de aspirar a ninguno de los propósitos mágicos de Shih Huang Ti, pero siempre
tuve la impresión que nunca hubo ninguna verdad en lo explícito de las formas.
Si la hubiera, en caso de que tal cosa fuera posible, estaría, supongo, en una
cierta potencialidad que siempre se renueva.
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| Fotograma de Hoja seca |
Y este bien puede ser el caso que nos
propone considerar el director georgiano, Alexandre Koberidze, en su hasta
ahora último largometraje, Hoja seca (Dry Leaf). En un primer
acercamiento a la película, estrenada en 2025 en el festival de Locarno, y de
reciente paso por los festivales del Río de la Plata, vemos hay una intención
expresa del autor por alejarse de los estándares convencionales, sobre todo
aquellos que se alojan en las categorías que mayor incidencia suelen tener en
la percepción del público –tanto en uno general, de espectadores comunes y
corrientes, como cualquiera de nosotros–, como en el grupo de espectadores
especializados con formación específica en el sector audiovisual; o sea,
básicamente, formato y género. Con un metraje de tres horas, filmada con un
dispositivo digital antiguo de muy baja resolución, y difícil de vincular a un
género en concreto, el film parece explorar asuntos que van mucho más allá del
mero argumento: tras recibir una carta de su hija, en la que ella declara (una
vez termine el reportaje fotográfico registrando potreros de fútbol, por entre
unos cuantos pueblos del interior rural de Giorgia), que no volverá con la
familia; Irakli, sale en busca de Lisa.
¿Qué hace entonces a Hoja seca
una gran película?
Kiarostami y Ozu[3] coinciden en que toda buena película casi siempre cumple con unos pocos fundamentos. En lo posible trabajar con actores no profesionales, o poco conocidos; una producción reducida en sinergia con el director; guiones abiertos que faciliten andar por métodos no probados; partir de anécdotas simples para alcanzar historias complejas; desestimar todo artificio, porque la trascendencia aparece casi siempre de una observación atenta de la realidad.
Alexandre Koberidze expande con esta
película, esa tradición de componer una historia que resuena, a partir de un
hecho simple que logra involucrarnos, hacernos cómplices casi sin darnos
cuenta. A partir de un conjunto de recursos narrativos originales y evocadores,
nos adentramos en un viaje que deja huellas profundas. Planos largos y abiertos
en los que la luz, el color, la brisa y el viento parecen hacer volar los
píxeles, que se arremolinan y borronean la imagen, creando una textura y una
atmósfera que nos transporta a coordenadas de tiempo y espacio donde la mirada
transita por otra forma de ver y sentir las cosas de la vida. Montes, llanuras,
cañadas, arbustos floridos, personas y animales, –visibles e invisibles– son
manifestaciones potenciales y proteicas de un paisaje que parece hablarnos en
el lenguaje de la contemplación. Este deambular que desafía las certezas, nos
guía por caminos sinuosos, precarios y agrestes, que parecen no tener rumbo, pero
que sin embargo, a medida avanza el metraje, van tomando una consistencia sutil
que nos proyecta hacia los confines de nuestra interioridad y memoria afectiva.
A este orden sensible, Bachelard lo vincula a la relación entre el par de
conceptos de resonancia y repercusión[4],
condensados en lo que él considera como un cierto devenir creativo. Un
estado, o efecto, que se instala en nosotros a partir de un estímulo que altera
nuestra percepción de lo cotidiano, llevándola a la dimensión de lo poético,
ahí donde el alma inaugura una forma. Esta repercusión transformadora
parece estar muy presente en la película, y asimismo creo está en un diálogo
muy cercano con estos versos de Juanele, “la sabiduría de la mirada /
que sólo mira / sin jamás inquirir”[5].
Por eso, supongo, El Gualeguay puede ser, entre tantas cosas, la vida,
o una pelota de fútbol pateada en un tiro libre a mediados de los 50’s, una Hoja
seca.
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| Fotograma de Hoja seca |
Siento que Koberidze nos invita a
despertar del descalabro de este mundo roto, y salir para encontrarnos en lo
otro del otro. Si nos damos la oportunidad de aprender a mirar con
profundidad lírica, sin zócalos ni dinteles, por decirlo así: sólo mirar, y
ver, es muy probable que el resultado se parezca mucho a un estar en vecindad.
Habitar, convivir, en un espacio lindante no del todo ajeno al mío, al tuyo, al
nuestro, Igual pero distinto. Y en una de esas, descubrir que ese puente
abierto puede ser también distancia y hogar.
Hay mucho más para descubrir, pero
está más allá de las posibilidades de este vecino de a pie frente al teclado.
Así que voy cerrando por acá.
Les mando un abrazo.
[1] Como Borges la define en El Tamaño de mi
esperanza (Proa, 1926)
[2] En alusión al título de la novela de
Natsume Sôseki
[3] Yasujiro Ozu. La poética de lo
cotidiano. Escritos sobre cine. (2022) Gallo Nero Ediciones, S.L.
Traducción,
Amelia Pérez de Villar
[4] Gaston
Bachelard. La poética del espacio, México (1964), Fondo de cultura
económica, colección Brevarios



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