REMIGIO VERDIALES, UN CARPINCHO
Escribe Rocío Vélez
En Buenos Aires comenzaron hace
unos días las vacaciones de invierno, lo que significa que las propuestas
culturales para grandes y chicos se amplían.
En este contexto, llega a mí Remigio Verdiales, un carpincho, una
obra teatral interpretada por el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín y
dirigida por Pablo Gorlero.
Ver en la escena porteña a los
animales del humedal como protagonistas fue el anzuelo. Para quienes vivimos en
Zárate la convivencia con la flora y la fauna autóctonas —juncos, camalotes,
patos, carpinchos, cuises, víboras o garzas— es parte de la cotidianeidad;
pero, no es así en todos los ámbitos, hasta el día de hoy sigue siendo un
problema la situación con los animales que “invaden” barrios privados y el
avance indiscriminado del sector inmobiliario en zonas protegidas ¿De qué
manera se abordaría la vida en el humedal?
Entonces, tener hermanas pequeñas
fue la excusa para comprar las entradas y adentrarse en esta experiencia que
proponía el Teatro Sarmiento ¿Para chicos?
Antes de comenzar la función, una
escena en la platea ya anticipaba parte de lo que la obra iba a poner en
discusión. Entre los murmullos se repetía la frase de algunas madres señalando
el escenario: "Mirá, el capibara". La denominación, popularizada por
internet y por la circulación global de imágenes del animal, parecía haber
desplazado incluso el nombre con el que históricamente lo conocemos en la
región. No resulta casual entonces que, al presentarse, Remigio aclare
inmediatamente: "No soy capibara, soy carpincho". El gesto, que
provoca la risa del público puede pensarse como una pequeña restitución
simbólica. Poner sobre la lengua de los otros la palabra exacta es necesario
para reconocer un territorio, una historia y lograr una pertenencia.
| Foto por Carlos Furman |
La obra dirigida por Gorlero
aborda en su complejidad la problemática del conflicto territorial que enfrenta
al ser humano con la naturaleza, conflicto en donde en lugar de sabernos parte
del ecosistema, nos paramos en la vereda contraria para así, como ente
sumiso, poder hacer uso y abuso indiscriminado.
Remigio, el carpincho, es
despertado de su siesta sagrada por uno de sus amigos alarmado: las máquinas
llegaron al humedal y lo están secando. Los humanos están avanzando rápido
Aunque la escena se sitúa en el
humedal, la problemática expuesta trasciende geografías: podría tratarse de la
selva, el monte o cualquier territorio amenazado. La obra aborda con claridad
cómo la expansión de la civilización avanza impulsada casi exclusivamente por
el rédito económico o estratégico, relegando, en este caso, a la fauna a la
categoría de estorbo por desplazar o exterminar. Un mecanismo de despojo que,
inevitablemente, trae a la memoria capítulos oscuros de la historia nacional,
como la denominada “Conquista del Desierto”. Un proceso genocida que utilizó la
narrativa del “desierto” para borrar la presencia de los pueblos originarios y
justificar el despojo de sus tierras en nombre del progreso. Hoy, esa misma idea
reaparece cuando se considera que el humedal es un terreno “vacío” o “improductivo”
listo para ser cementado.
Sin embargo, en esta propuesta,
los animales no son como el hombre cree despectivamente: criaturas inocentes y
débiles. Vamos a encontrarnos con que los habitantes del humedal son actores
políticos que se van a organizar y, a través del diálogo y de la acción
colectiva, la dramaturgia plantea una discusión impostergable sobre la
convivencia posible entre las comunidades humanas y los habitantes originarios
del ecosistema. No esperan la aparición de un héroe individual que venga a
resolver el conflicto, cada especie aportará aquello que puede hacer. Así, los
animales discuten, escuchan y construyen colectivamente una estrategia para
defender el territorio. En tiempos donde el discurso dominante insiste cada vez
más en el individualismo como única forma posible de organización social,
resulta indispensable que una obra destinada a las infancias coloque en el
centro el valor de la comunidad, la organización y la acción colectiva frente
al avance sobre la tierra.
| Foto por Carlos Furman |
Es una obra que logra movilizar y
sensibilizar, especialmente en un contexto nacional donde se cuestiona y debate
la extranjerización de la tierra, el extractivismo y la pérdida de soberanía
sobre nuestros recursos naturales. Cuando grandes extensiones de suelo y de
agua dulce pasan a ser mercancía de especulación, la obra toma partido de una
manera muy inteligente.
Desde el punto de vista escénico,
el trabajo del Grupo de Titiriteros es notable: la propuesta rompe con una de
las convenciones más habituales del teatro de títeres, aquella que intenta
invisibilizar al manipulador. En Remigio Verdiales, un carpincho sucede
exactamente lo contrario, el cuerpo del titiritero se fusiona con el del títere
y ambos construyen un único personaje sobre la escena. Los intérpretes
acompañan cada gesto, cada “respiración” y cada desplazamiento del animal,
generando una actuación doble en la que resulta imposible pensar uno sin el
otro. También el vestuario contribuye a esa unidad, los titiriteros no están
vestidos de manera idéntica a sus personajes, haciendo que sus ropas dialoguen
con ellos desde los colores y las formas. El tamaño de los títeres, el
minucioso trabajo artesanal de su construcción, el espectacular trabajo de
manejo de los titiriteros y el ensamble musical que incluye una diversidad que
va desde la murga hasta el rap. A esto se suma el nivel de detalle que mantiene
vivo al humedal durante toda la función, vemos mariposas, colibríes, juncos y
pequeñas acciones simultáneas terminan de construir un ecosistema dinámico
donde cada elemento parece tener vida propia.
Además, la puesta se nutre de
guiños a la poesía y al metateatro que enriquecen la experiencia del
espectador. La obra juega con las convenciones del teatro, rompe por momentos
la ilusión escénica y dialoga directamente con el público, habilitando una mirada
crítica sobre aquello que sucede en escena. En ese mismo sentido, también
aparecen referencias a Disney que podrían verse como una toma de posición
estética e ideológica, frente a una tradición que suele convertir a los
animales en personajes universales y deshistorizados, en Remigio se reivindica
una fauna situada, profundamente ligada a un territorio, una memoria y un
conflicto político concreto.
A pesar de ser un espectáculo
pensado para las familias, me parece necesario hacer una salvedad respecto al
público recomendado. Si bien los más chicos pueden maravillarse con el impacto
visual, los colores, los títeres y el carácter musical, la trama y el lenguaje
manejan una densidad poética y conceptual que yo no recomendaría para menores
de ocho o nueve años. No porque haya contenidos inapropiados, sino porque gran
parte de la riqueza de la obra reside en lo que se dice y en las múltiples
capas de sentido que propone. Considero que hay algo muy importante que se
pueden perder, que es lo que dicen las palabras. Y justamente en esto radica
uno de sus mayores méritos, la obra no subestima a las infancias ni simplifica
los conflictos. Confía en la inteligencia de sus espectadores y construye una
experiencia que puede ser leída de maneras muy diferentes según la edad y el
recorrido de quien la observa.
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ELENCO
Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín
Dirección Adelaida Mangani
Emmanuel Abbruzzese Motta, Fernando Morando, Gabriela Zamboni, Ana Galati, Román Lamas, Myrna Cabrera, Valeria Galíndez, Ludmila Man, Andrea Baamonde, Mariano Del Pozzo, Federico Farano y Julia Ibarra
FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA
Dramaturgia, letras y dirección Pablo Gorlero
Director asistente y director vocal Jerónimo Dodds
Música original y dirección musical Fernando Ariel Nazar
Diseño de escenografía Micaela Sleigh
Diseño de vestuario Javier Ponzio
Diseño de iluminación Agustín Bandi
Coreografía Marina Svartzman
Puesta de sonido Mauro Docampo, Nehuen Castillo
Diseño de títeres Alejandra Farley
Realización de títeres y mecanismos Alejandra Farley, Inés Sceppacuercia, Paula Borbore, Victoria Chacón
Asistencia de escenografía Maia Doudchitzky
Asistencia de coreografía Mora Sol Díaz
Colaboración en diseño de maquillaje Agustina Araldi

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