LA CASA DE LAS TRES E
Primero
hubo que elegir, de entre todas las posibilidades de la biblioteca, la novela
de una autora completamente desconocida por el lector que antes tuvo que
decidir si comprar o no ese libro en particular de la colección “Narradoras
argentinas” de la Editorial Universitaria de Villa María. El ejemplar había
estado varios meses descansando en el estante, y podría haber seguido
acumulando su promesa de albergar la incógnita, si no fuera por esa mezcla de
deseo de ir hacia lo desconocido e intuición de sorpresa gratificante.
En
casos así, es posible incluso echarse a leer la obra prescindiendo de estudios
preliminares y prólogos, lo cual elimina las chances de disuasiones al tiempo
que deja liberado el espacio para que el lector explore la novela sin
condicionamientos extra literarios. No hay ningún dato subsidiario, entonces,
que venga a profanar o a condimentar el vínculo entre el lector con el texto.
No se sabe nada de Nira Etchenique. Se rechaza cualquier aditivo que pretenda
agregar o restar simpatía por la autora o su obra. Se saltean contratapas y
solapas. Se juzgará la obra en sí, independientemente de quién fue o qué hizo
con su vida, qué éxitos o fracasos literarios soportó, a quién votaba o de qué
privilegios gozaba, cómo se ganaba la vida o qué injusticias sufría. Nada. Ni
siquiera una somera idea de por qué ese título. A qué se referirá con esas E.
La
experiencia de lectura empieza por aceptar el desafío de un estilo que demanda
un grado de compromiso inusual en buena parte de la literatura consumida
actualmente, o al menos, editada. La prosa de Etchenique, se advierte
enseguida, no es compleja en el sentido que apele a cierto aristocratismo
intelectual, sino que se hace cargo de una poética que va a acompañar, sin
declive, toda la novela, y que encuentra el tono y el ritmo necesario para una
historia que tal vez sólo hubiera merecido ser contada por el modo que
encuentra la autora de poner en palabras la condensación de tragedias
acumuladas durante un siglo por dos linajes distintos y confluyentes.
El
telón de fondo es la Historia en que se desarrollan las historias. Los
acontecimientos familiares, los destinos personales, se juegan la vida y la
muerte dentro del escenario nacional, explicitado a veces, otras latentes, pero
siempre presente como el sostén de un entramado de los sueños y frustraciones
de una rota familia de inmigrantes a principios de siglo XX. Al cabo de los
años, los hijos de los hijos de los hijos, todavía llevarán las secuelas de un
rencor, de un mandato, de una revancha imposible. Francisco Santini pareciera
haber cruzado el océano, siendo todavía una criatura en los brazos de su tía,
para posibilitar la descendencia de Giuseppe, su padre, hasta conseguir el
varón que justificara el sacrificio para perpetuar el apellido aunque fuera en
una tierra lejana. Primero, tendrá que enterrar a María, su tía; después,
enviudado, responsable exclusivo de las tres E (Elvira, Elisa, Élida), tendrá
que enterrar a gran parte de su legado, incluso verá desmembrarse el par de
mellizos de su segundo matrimonio cuando la muerte vuelva a entrar en la casa para
llevarse a Lucía. Pero quedará el hijo varón, Mario. Que llevará en la sangre
el impulso del desarraigo de su abuelo Giuseppe.
Pero
la novela de Nira Etchenique no se cuenta de una manera lineal. El tiempo es
maleable y los recuerdos posibilitan el relato de hechos de un presente
anterior, que el lector sabrá ubicar dentro del esquema usando algunas claves
para enhebrar las trayectorias. Sin embargo, hechos como el del desvirgue de
Francisco en el prostíbulo de la calle Tarija, los detalles de los zapatos
puestos durante los cinco minutos durante los que “se convirtió en hombre”, no
tienen la mera función de establecer nexos para la organización estructural,
sino que habilitan la comprensión de una complejidad humana a partir de
pequeñas evocaciones de la historia personal, revelando que la memoria es un
estado poético donde se juega la identidad a partir de olvidos
y reconocimientos.
Por
otra parte, la estructura de la novela está pensada a partir de tres hilos
narrativos que se superponen, y de ahí que se trate de una obra de cierta
exigencia para con el lector. Se insistirá en el hecho de que no es una obra
“difícil”, pero que no hace la concesión de explicitar los vínculos y los nudos
que habrá que coser con paciencia, atravesando un lenguaje más interesado en el
logro de una belleza poética que en comunicar los hechos.
La
trama discurre en otro hilo narrativo que es la historia del linaje de
Angélica López, la chica que un día sería maestra, que vio el cadáver del padre
suicidado, Alberto López consumido en la derrota del despilfarro y la
corrupción que no son sólo la historia de un hombre que, acosado por las deudas
y la humillación de su amante clandestina, prefiere “morirse antes que hacerle
daño a su mujer y a su hija”; es también la historia de la decadencia de una
sociedad, de un clima de época, de la descomposición moral del hombre moderno
obnubilado por el dinero. El “olor a pólvora y a sangre” quedará en la memoria
de Angélica Manuela López, como los recuerdos grabados en cada uno de los
personajes, como la huella indeleble que nos remite a un pasado, a una historia
personal, a ese fondo de verdad en donde se escribe la poesía de quién somos.
La
novela de Nira Etchenique mantiene su densidad poética hasta la última página.
Logra una belleza pocas veces vista en la narrativa contemporánea. Queda la
incógnita, luego de haber disfrutado de una gran obra, sobre cómo es posible
que narradoras de esta calidad hayan estado, y sigan estando, ya no fuera del
canon (corpus discutible en sí mismo), sino fuera del horizonte de literaturas
posibles. Pareciera que no bastan con los esfuerzos imprescindibles de quienes,
como la Editorial Universitaria de Villa María y todos los que trabajaron para
esta colección, se empeñan en hacer justicia al visibilizar la obra de narradoras
como Nira Etchenique. Nos queda el desafío, a los lectores, de ensayar
respuestas o preguntarnos, al menos, cuáles son los obstáculos que tenemos para
llegar a encontrarnos con estas obras que, como La casa de las tres E, permanecieron inéditas durante mucho tiempo,
sin que tuviera el interés de las editoriales por el trabajo de una mujer que
ya no se encontraba entre los vivos.
Esta
obra es un hallazgo personal dentro de la propia biblioteca, a la que llegó
luego de elegirla dentro de toda la oferta abundante de la Feria del libro. La casa de las tres E hubiera sido una
novela imprescindible dentro de la literatura nacional si los circuitos de
legitimación estuvieran menos interesados en las “novedades” y las vedettes literarias y, en cambio, fueran
verdaderos espacios de discusión sobre literatura y los dispositivos de
visibilización/invisibilización en el panorama literario de ayer y de hoy.
Pero
por suerte, nos queda el trabajo de rescate que con tanto valor realizan
colecciones como la dirigida por María Teresa Andruetto, Juana Luján y Carolina
Rossi. Si hay que rescatarlas, es porque en su momento no tuvieron el lugar que
se merecían.


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