CROTOS LIBRES
Caminando
podés hacer el horizonte.
Pedro Ribeiro, en la
película Crotos Libres
Entre las infinitas razones que
sustentan la importancia de que un país fomente e incentive la cultura en
general, está la de que las obras de arte forman parte de la memoria colectiva.
Son testimonios de lo que fuimos cuando hablan del pasado y registros del
presente cuando deciden filmarlo, fotografiarlo, escribirlo o pintarlo. Además
de conservar la historia preservan formas de pensar, de vivir y de imaginar
otros modos posibles de habitar el mundo.
Este es el caso de la película de
Magalí Flaks y Azul Aizenberg, quienes hacen un minucioso trabajo con material
de archivo que incluye filmaciones en VHS, fragmentos televisivos y radiales,
textos y diversos documentos de la época. Así, a partir de la propuesta cinematográfica
Crotos Libres, se nos invita a repensar y repensarnos.
El verano de 1983 fue el primero
sin el peso de la última dictadura militar sobre el cuerpo de los argentinos. Empiezan
a volver los exiliados, vuelve la gente a habitar cines, plazas, teatros. Volvieron
las reuniones, las discusiones, la posibilidad de ocupar el espacio público.
Volvieron, también, los "crotos".
Estas dos cineastas deciden fijar
la mirada justamente en ellos. Y es que el croto —lejos de reducirse al
estereotipo estigmatizador o a lo que la contemporaneidad presupone con desdén—
hunde sus raíces en una tradición de resistencia obrera y anarquista, de rechazo
al patrón y defensa radical del ocio creador. Así, en medio de aquel clima de
transición, surge y se documenta la Agrupación Crotos Libres, caminantes sin
fines de lucro que convirtieron la intemperie y la libertad de movimiento en
una forma de vida antisistema.
Caminar, caminar porque sí, sin
pensar en el tiempo, sin que el movimiento del cuerpo —ya libre— produzca riquezas
para otro. Caminar y sentir el aroma de las acacias en cada poro. Caminar y
saberse vivo.
A partir de filmaciones
caseras de Pedro Ribeiro recorremos la historia y el camino de la agrupación
marplatense, de la cual fue uno de los fundadores. También asistimos a una
experiencia que cuestiona de raíz la idea misma de trabajo sobre la que se
organiza la sociedad moderna. La película registra una búsqueda concreta por
ensayar otras posibilidades para la vida del trabajador, otros vínculos con el
tiempo, con el cuerpo y con el territorio. No busca señalar a quienes no pueden
elegir ese modo de vida, condicionado muchas veces por las exigencias
materiales y laborales del presente. La reflexión apunta, más bien, hacia la
posibilidad de revisar el lugar que ocupa el consumismo en nuestras vidas, de
recuperar una relación más austera con los bienes materiales y de preguntarnos
cuánto de nuestro tiempo entregamos a una lógica de producción y acumulación
que nos impone la idea de que no existen las pausas. En ese sentido, los crotos
funcionan menos como un modelo a imitar y más como una invitación a pensar
hasta qué punto es posible vivir de otra manera.
La película también desarma
muchas de las imágenes cristalizadas alrededor de la figura del croto. Lejos
del prejuicio que lo reduce a alguien marginal o desinteresado por el
conocimiento, aparecen personas que leen con avidez, discuten de política, de literatura
y de filosofía, frecuentan bibliotecas y hacen de la conversación un espacio de
formación. La cultura circula como un bien común, compartido, cotidiano; una
herramienta para comprender el mundo y transformarlo.
Hay en esa forma de andar, que
proponen los crotos, una idea que dialoga con el ensayo Caminar, de
Henry David Thoreau. Para el escritor estadounidense, caminar constituye una
práctica de libertad, una manera de recuperar el vínculo con el mundo y de
sustraerse, aunque sea por un momento, a las imposiciones de la vida
utilitaria.
Es difícil no preguntarse qué
queda hoy de aquellos principios crotos. Qué sobrevive de esa negativa a vivir
exclusivamente para producir, en una Argentina donde la derecha no sólo llegó
al gobierno, sino que profundiza un programa de desmantelamiento de derechos.
Resulta no menor prestar atención en que esta misma película haya sido
alcanzada por ese proceso: había obtenido financiamiento del INCAA y, sin
embargo, ese apoyo fue posteriormente desconocido por la gestión de Carlos
Pirovano. Cuando se desfinancia la cultura no es que solamente se interrumpe la
producción artística; también se restringe aquello que una sociedad puede
recordar, discutir e imaginar sobre sí misma.
Al mismo tiempo, la nueva reforma
laboral vuelve a colocar al trabajador en una posición cada vez más
desprotegida. Pero el avance no se limita al mundo del trabajo. También alcanza
al tiempo libre, al ocio, a todo aquello que no produce una ganancia cuantificable.
Se instala la idea de que cada minuto debe convertirse en productividad, en
emprendimiento, en rendimiento, en contenido. Leer sin un objetivo económico,
caminar sin destino, conversar durante horas, escribir, tocar un instrumento,
contemplar el paisaje o simplemente perder el tiempo aparecen como actividades
sospechosas, casi culpables. El ocio creativo, que durante siglos fue una
condición para el pensamiento, el arte y la imaginación política, comienza a
percibirse como un lujo o como actividades para los “vagos”.
Quizás por eso Crotos Libres
interpela con tanta fuerza el presente. Porque no propone volver a ser croto ni
idealiza una forma de vida que muchos no podrían sostener. La pregunta va por
otro lado: ¿qué gestos de aquella ética todavía podemos conservar? ¿Qué
pequeñas rebeldías siguen estando a nuestro alcance? Tal vez rechazar el
consumo permanente, defender el tiempo propio, caminar sin apuro, leer por
placer, reunirse a conversar sin que medie una pantalla, sostener espacios
culturales cuando todo invita a abandonarlos, seguir creyendo que una vida no
vale por la cantidad de dinero que produce. Son gestos mínimos, incluso
frágiles. Sin embargo, en un presente que busca mercantilizar cada aspecto de
la existencia, quizás la fuerza radicará en contramercantilizar la vida.



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